De Palo de Escoba. Autor: Carlos Luis Sáenz.

—¿En el monte verdea y en la casa colea?
—¿Qué es?
—La escoba.
Y tanto coleó barriendo la casa, que la escoba perdió su verde cola de escobilla. Su palo, largo, pulido, redondo, fue a parar al corredor del patio donde se guardaba la leña seca.
¿Por qué ir a pie a hacer tantos mandados? Lo mejor sería tener un buen caballito corredor.
Me fui al corredor de la leña. Allí estaba el caballito, manso, esperándome. Le puse riendas de cordel de manila, me monté, y en el palo de la escoba salí volando.
Sólo, que como mi caballito no tenía cabeza, Chacón, el talabartero de la esquina, me regaló una cabeza de caballito hecha de cuero con ojos de bolas de vidrio y crin de verdad.
¡Ahora sí que sí! ¿Quién me desmontaba de mi caballito?
Y usted corre al mercado por la carne, y a la panadería por el pan, y a la pulpería por sal y azúcar, y a donde ña Beatriz, por el cacao, y a casa de las Hernández por los tamales de los sábados… y corre, y corre, calle arriba, calle abajo, montado en mi caballito.
Fifiriche —me decían así por largo y flaco, por fideo de cuerda, como los fideos del italiano Rímola—, ¿estás muy ocupado?

—No, ¿por qué?
Es que hay que ir a la Casa Vieja a pedirle a ñor Curucho unas hojas de tapate para hacerle cigarros a la abuela que está rematada con el ataque de asma.
Corría a buscar mi caballito en su caballeriza, allí, detrás de la hoja de puerta de la sala. Tomaba las riendas y de un salto montaba en el palo y a correr.


Corre, corre, caballito,
no descanses, no te pares,
que ya el Niño va a nacer,
corre, que llegamos tarde.


Temporales de octubre. Cielos de ceniza. Calles hechas lagunas. Mi caballito chapaleaba barro; salpicándome, atravesaba lagunas; yo sentía los pies descalzos como granizos, pero adelante, adelante. Llegué a la carnicería de los Monteros; al entrar dejé el caballito arrimado a la puerta de la calle, bien enfrenado.
—Qué me venda una libra de lomo de adentro y carne con hueso para la olla.

Los carniceros afilaban sus cuchillos, ris ras; cortaban posta y grasa; pesaban en la balanza; envolvían en hojas de plátano y no daban a basto para atender a la numerosa clientela. Yo esperaba y esperaba.
Al rato:
—Oiga, Raimundo, hágame el favor de despacharme; una libra de lomo de adentro y carne con hueso para la olla.

—Ya va, Pirulo; déjeme que pique esta pata para la señora que la quiere para hacer sustancia.

Al otro rato:
—Idiay Raimundo, ¿no me va a despachar?, es que me precisa.
Al fin me dieron el envoltorio con la carne y corrí a la puerta de la carnicería a montarme y a salir a toda pareja. ¡Si otro ponés! Mi caballo había desaparecido. Lloré, pregunté a todo el mundo. Nadie me dio razón del paradero de mi caballo.
—¿Dónde lo dejó, chiquito?

—Alí, arrimado a la puerta de afuera.

—Ah, pues se lo llevarían al Fondo, porque está prohibido dejar los animales en la calle.

No entendí la burla del guasón a quien divertía mi angustia.

A pie volví a casa… y me regañaron porque llegaba tarde.


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