Doña Mariquita la Hacendosa. Autora: Grettel Otárola Fallas.

Doña Mariquita era muy hacendosa. Limpiaba el piso, lavaba la ropa, lavaba los platos… en fin, no se cansaba de hacer oficio. Y si no quedaba satisfecha, lo volvía a hacer todo.

Esa era la vida de doña Mariquita, mucho oficio y cero diversión.
Los vecinos rechazaban su invitación a visitarla pues desde que entraban a su casa, debían limpiarse muy bien los pies y lavarse una y otra vez las manos. Y peor si la invitación era para comer… a ella se le metía entre ceja y ceja que no se habían aseado bien y… de vuelta para atrás. Ya nadie quería visitarla.

Por las tardes, doña Mariquita se sentaba frente a la ventana de su sala y miraba cómo los hijos de los vecinos se divertían con el barro cuando caía la lluvia. Aquellas tardes eran interminables.

― ¡Qué asco, qué sucios!― Decía doña Mariquita.

Y para colmo de males, esto era cosa de todos los días de invierno.
Una mañana de tantas, doña Mariquita amaneció muy enferma e intentó ponerse de pie pero no lo logró, se sentía demasiado débil.

Así estuvo doña Mariquita durante varios días y sin animarse a pedir ayuda a sus vecinos. Además era poco probable que sospecharan que algo le sucedía, pues ella nunca salía de su casa.

¿Qué la iban a extrañar? Si ella nunca salía para no ensuciarse sus patitas.

― ¡Qué sola me siento! ― Se lamentó.

De pronto, escuchó un ruido que venía de la sala.

― ¿Quién entró a mi casita? ― Preguntó.

― Seguro que ni los pies se limpió ­― Refunfuñó.

Resulta que aquel ruido lo había producido un pequeño ratoncito que logró colarse por un diminuto orificio de la cocina.

― ¡Qué asco! ― Gritó doña Mariquita al verlo.

― Debo echar inmediatamente a este asqueroso animal de mi casita ― Pensó.

― Aquí usted no puede estar, ratón; mi casa es demasiado limpia ― Le dijo doña Mariquita al ratoncito.

Intentó tomar la escoba para espantar al ratoncito pero no tenía fuerzas para hacerlo, así que se resignó.

Pasaron los días y doña Mariquita se ponía cada vez más enferma, pero a diario el ratoncito aparecía cerca de su cama, como si la estuviera cuidando.

Lo curioso de esto era que doña Mariquita, en medio de su enfermedad, se había encariñado con el ratoncito que estuvo a su lado todo ese tiempo.

Un día, doña Mariquita comenzó a sentirse mejor y se pudo poner de pie nuevamente. La enfermedad se había ido. Y como siempre, el ratoncito apareció cerca de su cama.

Al cabo de poco tiempo, cuando estuvo completamente recuperada, doña Mariquita le dio las gracias al ratoncito por haberla acompañado.

― Amiguito, me has enseñado que la soledad no es buena y que apartar a los amigos es uno de los peores errores. Voy a cambiar, prefiero tener a mis amigos que una casa impecable, pero solitaria. ― Dijo doña Mariquita.

De pronto comenzó a caer una ligera llovizna y doña Mariquita no lo pensó dos veces para salir a ver a los chiquitines jugar. Sus amigos no podían creer lo que veían, pero no quisieron hacerle ninguna pregunta, sólo se limitaron a sentarse al lado de ella y de su nuevo amigo, el ratoncito.

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