Jaimillo y el zapato volador. Autor: Oscar Contreras Montoya.

Resulta que cuando Jaimillo tenía diez años, le dio por ir a menudo al patio de la escuela a patear bola con sus compañeros. Pero era tan, pero tan malo para mejenguear, que pasaba más tiempo en el suelo que la propia bola.

Siempre se las ingeniaba para que lo escogieran en uno de los dos equipos antes del partido y aunque era el último que escogían, a Jaimillo eso no lo hacía sentir mal; al contrario, lo hacía llenarse más de energía y entusiasmo, sobre todo, porque en las gradas del patio siempre estaban las chiquillas de la escuela viendo las mejengas.

Y Jaimillo no jugaba para que lo viera cualquier chiquilla, ¡No señor! Era para que lo viera Anita la de quinto. Sí, Anita la de quinto grado, aquella güila con cara de muñequita y pelo largo y brillante, a la que con sólo verla pasar por los pasillos de la escuela, le iluminaba el día entero a cualquiera.

Todas las tardes, a  la salida de clases, Jaimillo iba junto con su barra a sentarse largas horas en la acera de enfrente de la casa de Anita, a esperar que saliera en algún momento a hacer algún mandado, para poder verla más de cerca. Sólo verla, no hablarle, porque Anita era como una diosa, como alguien de otro mundo, a la que era impensable poder dirigirle la palabra, porque el día en que eso pasara, de seguro Anita iba a lanzar una mirada terrible de desprecio y nunca más nadie iba a tener el valor de nuevo para sentarse en frente de su casa.

Un día de tantos, Jaimillo quebró el chancho y juntó todos sus ahorros, se compró una bola para las mejengas y pensó:

― Ahora sí, vamos a ver si me escogen de último, si yo soy el dueño de la bola.

Y poniéndose sus mejores zapatos para patear, se encaramó  tremendo poco de vaselina en el copete y se fue en una pura contentera al parque de las tucas, frente a la estación del Pacífico.

Como Anita y sus amigas eran seguidoras del fútbol, allá fueron a parar también para tirarse la mejenga.

Mientras el balón iba y venía, Jaimillo, también iba y venía, pero no con la bola, sino detrás de los demás chiquillos. En una de tantas, que la bola le quedó a tiro de marco al mentado Jaimillo, este no lo pensó dos veces para coger la pose al mejor estilo de Pelé y preparando el zapatazo, con todas sus fuerzas le dio sin asco al esférico.

Sí, le dio sin asco, pero también sin puntería, porque aquella bola recién comprada en el bazar, fue a dar justo al frente del carro de la policía, mientras el zapato de Jaimillo, a la vista de todos los presentes, incluyendo a Anita, volaba como cohete en dirección contraria hacia el patio de doña Luz, donde sus perros gigantescos hicieron fiesta con él.

Resulta que la policía confiscó la bola con el cuento de que ese no era lugar para patear, al mismo tiempo que los carajillos cogían cada cual para su casa.

Solitario, sin bola, sin zapato y con los ojos brillosos por las lágrimas que no quería soltar, quedó Jaimillo en el centro del parque mientras el sol se ocultaba y comenzaba a caer una lluviecilla.

Aquella noche llegó doña Hortensia, la mamá de Anita a buscar a la mamá de Jaimillo, para ponerse de acuerdo para la colecta de los pobres del día de San Martín.

¿Y qué creen? Anita, quien también llegó con su mamá, al ver al asustado Jaimillo, le obsequió con una dulce sonrisa, la cual este nunca pensó ver en su vida.

Y los dos, muy contentos, se fueron a la entrada de la casa a conversar, sobre la escuela, las mejengas, los balones confiscados y los zapatos voladores.

Y, al igual que Jaimillo, me voy a buscar mis zapatos, esperando que este cuentillo les haya entretenido por un buen rato.



Red Internacional de Cuentacuentos
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