Jaimillo y las matemáticas. Autor: Oscar Contreras Montoya.

— A ver Jaimillo, ¿Cuál es la raiz cuadrada de cuarenta y nueve? — Preguntó la maestra dirigiendo su mirada hacia Jaimillo.

— Fss fss fss fss fss. — Susurraba Jaimillo, mirando hacia la ventana.

— ¡Jaimillo! — Insistió la maestra.

— Fss fss fss fss fss.— Era el único sonido que hacía nuestro simpático amiguito.

— ¡Jaime Rafael Jesús de los Angeles Solórzano Corrales! — Dijo fuertemente la niña Yolanda, con cara de pocos amigos.

— Véngase, que yo le digo a mi mamá que me deje quedármelo. — Decía Jaimillo en voz baja mientras continuaba viendo por la ventana.

Por supuesto que toda la clase estaba pendiente de qué era lo que estaba mirando Jaimillo y de en qué iba a parar el enojo de la niña Yolanda, la cual, de forma decidida se acercaba al pupitre.

— Jaimillo, ya deje de estar llamando a ese gato y ponga atención, porque si no, ¡A su mamá voy a mandar a llamar! — Gritó la maestra al mismo tiempo que un enorme sapo le saltaba encima desde el marco de la ventana entreabierta.

Sólo imaginemos el grito desesperado de la pobre niña Yolanda mientras aquel gigantesco sapo, usando la cabeza de la maestra como rampa, se impulsaba para comenzar una serie de saltos torpes por todo el salón de clases.

En tanto que los carajillos trataban de atrapar al animal, las güilas gritaban, lloraban y se subían en los pupitres.

Aquello era un verdadero carnaval de gritos, lágrimas y brincos. Ahhh… y no faltó quién jugara de Maradona tratando de apearse de un zapatazo al pobre anfibio, el cual, más asustado que Pinocho en medio incendio, seguía brinque que brinque de un lado para otro.

Cuando por fin el sapote logro escaparse por la ventana, dejando el aula patas para arriba, a los chamacos atolondrados y a las chiquillas a moco tendido, Jaimillo se acercó a la niña Yolanda, quien estaba encaramada sobre su escritorio, como estatua de mármol blanco, pero tan blanco como el de un fantasma espantado.

—  Siete, niña. — Dijo Jaimillo.

—  ¿Siete qué, muchacho de Dios? — Balbuceó la asustada niña Yolanda, mientras el color volvía a sus cachetes.

—  Siete, la respuesta es siete. ¡Esa es la raíz cuadrada de cuarenta y nueve! — Sentenció triunfalmente nuestro amiguito.

—  Ay, Jaimillo— Dijo la maestra a punto de entrar en llanto. — En verdad tenés razón, la respuesta es siete, pero decime: ¿Desde cuándo se llama a un sapo con ese sonido que estabas haciendo?

—  Mire niña, el asunto es así: Yo en realidad estaba llamando a un gatito de rayas grises que caminaba por el patio. Lo que pasa es que ese carajo sapo se metió donde nadie lo llamó… por sapo. Y perdone que no le contestaba, pero es que estaba haciendo el cálculo en mi cabecita, porque usted sabrá… las matemáticas, a mí no se me dan muy fácil. — Concluyó Jaimillo, mientras ayudaba a recoger el desorden, esperando con mucha ansia y alegría que volvamos a contar otra de sus correrías.



Red Internacional de Cuentacuentos
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