Jaimillo y los jocotes. Autor: Oscar Contreras Montoya

Jaimillo era un güila muy chispa, pero era también muy, pero muy despistado. Cada vez que su mamá le pedía algún encargo, ir a la verdulería, a la carnicería o donde la señora de las tortillas, Jaimillo brincaba de la alegría porque le encantaba hacer mandados.

― A ver Jaimillo ―le dijo su mamá― ¿Qué le parece si me hace un mandadito? Pero ponga mucha atención.

Jaimillo, con los ojos bien abiertos, muy atento y sonriente le dijo que sí y al instante muy feliz se fue, contando los pasos que habían desde su casa hasta la verdulería, para comprar el encargo que le dio su mamá: Un tomate, un pepino y una lechuga.

« Un tomate, un pepino y una lechuga… un pepino, una lechuga… ¿Qué era lo otro?… Un chayote… no, no, no… un camote… sí, sí, ¡Un camote!… ¿Era una pechuga o una lechuga?… ¡Ay! ¿Cuántos pasos llevo?» Iba pensando Jaimillo en el camino.

― Que dice mi mamá que por favor me venda… espere para recordar… ahhh… ya sé, que me venda un camote, un tocino… y una… ¿una pechuga?… ¡Sí, eso es! ¡Un camote, un tocino y una pechuga! ―le dijo Jaimillo a don Agustín el verdulero, muy orgulloso por haber recordado el encargo.

― Camote te habría podido vender, pero se me acabó. Y la pechuga y el tocino mejor los comprás en la carnicería ―le contestó don Agustín.

― No, no, no, ya me acordé, lo que yo quiero es jocote, no camote ―dijo Jaimillo.

― Ahhh… jocote sí tengo un montón. ¿Cuánto de jocote querés? ―preguntó el verdulero.

― ¡Doscientos cuarenta y seis, doscientos cuarenta y seis! ―exclamó Jaimillo, viendo distraídamente a una arañita que subía por la pared.

Don Agustín, muy asombrado por aquella respuesta, pero con mucha paciencia y porque sentía un gran cariño por aquel carajillo, se dispuso a contar los doscientos cuarenta y seis jocotes.

― Uno, dos, tres, cuatro… ―comenzó a contar don Agustín.

Al cabo de un rato, cuando echó el último jocote en la bolsa, don Agustín le regaló uno bien grandote a Jaimillo para que se lo comiera en el camino.

― Muchas gracias ―le dijo Jaimillo. Y sin tomar la bolsa de jocotes, dando media vuelta, se dirigió de inmediato hacia la puerta.

― Pero Jaimillo, ¿No vas a comprar los jocotes? ―le gritó angustiado don Agustín, mientras lo veía marcharse murmurando algo.

― ¿Comprar los jocotes? Ay, don Agustín, por favor, ¡no me enrede, que se me pierde la cuenta! ―gritó Jaimillo.

Y mientras se alejaba, alzando más la voz, siguió contando:

― Doscientos cincuenta y tres, doscientos cincuenta y cuatro, doscientos cincuenta y cinco, doscientos cincuenta y seis…

Con una sonrisa de oreja a oreja, en ese momento don Agustín se dio cuenta que Jaimillo el despistado no quería doscientos cuarenta y seis jocotes, lo que hacía era llevar la cuenta de los pasos que había dado.

Y agarrándose la barriga por la risa que le dio, de nuevo acomodó los jocotes en la palangana y yo también me como uno, esperando el cuento de la próxima semana.

Fin.

 

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Red Internacional de Cuentacuentos
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