La hormiga y la jirafa. Autora: Rosita Caro.

En un día caluroso en la selva africana,
se paseaba cual larga era la señora Jirafa;
comía hojas verdes de los árboles más altos,
hincaba su largas patitas para tomar un sorbito de agua.

En una de esas tardes tan tranquilas y soleadas
escuchó que alguien lloraba,
miró… a todas parte para saber qué es lo que pasaba;
debajo de un arbusto con las ramitas muy peladas
había una pequeña hormiguita que con pena sollozaba.

La Jirafa, cual larga era, se acercó a preguntarle:

¿Qué te pasa amiguita,
porque lloras tan amargada?
La hormiguita solo veía unas enormes y largas patas.
―¡Ay, no veo bien! ¿Quién es la que allá arriba me habla?
No te preocupes, que soy yo la señora Jirafa.

Lo que pasa señora Jirafa, dijo la hormiguita,
es que no sé donde me encuentro,
un fuerte viento me trajo
en la hojita que llevaba a casa,
llevo tres días dándome vueltas,
y solo sé que ya estoy cansada,
por eso lloro y lloro desconsolada.

¿Cómo puedo ayudarte?
Dijo la señora Jirafa.

Sólo podría decirle que mi hogar
es parecido a una pequeña montaña,
allí vivo con mis tres mil hermanas,
cerquita de una laguna,
donde las aves se bañan.

Solucionemos ahora mismo este grave problema,
soy tan alta que puedo mirar donde yo quiera
y hasta me parece haber visto tu casa.
¿No será una donde muchas como tú caminan en hilera?

Síiii…. señora Jirafa, esa misma es mi casa,
cada una de mis hermanas
lleva sustento para capear el invierno,
unas llevan ramitas y otras llevan alimentos,
yo soy una obrera y disfruto de mis talentos.

Entonces dijo la Jirafa:

―Sube que hasta tu casa te llevo.

Cuando a su casa llegaron
agachó lo que más pudo su largo cuello,
la hormiguita bajó contenta
pero antes de bajarse
en la mejilla le dio un gran beso.

Aprendemos de este cuentito,
que los más grandes pueden ayudar a los más chiquitos.

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