Las Tinajas. Autor. Carlos Luis Sáenz.

Arrodajados en la acera, puestos en jarras, niñas y niños jugábamos a las tinajitas.
— ¿Me vende una tinaja?
—Escoja la que quiera.
— ¿En cuánto me la da?
—En dos pesetas y la mitad.

El comprador, de una en una, iba sonando las tinajas; con los nudillos de los dedos en las cabezas de los arrodajados, las sonaba.
—Tan, tan.
—Esta no, que está rajada.
—Ton, ton.
—Esta no, que se quebró.
—Tun, tun.
—Esta sí, que es de Escazú.

—Tinaja escazuceña,
U-0-A, -U-A, -E-I,
tinajita escazuceña
que se llena para mí.

Y dos de nosotros, asiéndola cada uno por un brazo, llevábamos en vilo la tinajita comprada, que se dejaba llevar, muy seria, sin parpadear, sin mover ni un dedo, como que era tinaja, y la colocábamos con cuidado, con mucho cuidado, en otro sitio de la acera.

—Tun, tun.

—Esta sí, que es de Escazú.

—Pulidas, frescas tinajas escazuceñas en la cocina de la casa, sentadas en fila sobre el moledero1 de cedro; henchidas en los albores, todo el día conservaban, tan fresquita, el agua. ¡Qué gozo al volver de los paseos por el campo asoleado, correr a las tinajas, quitarles el “guacalito” que les servía de tapadera, y embrocarlas sobre el vaso para hacer el refresco de dulce de caña con cases recogidos en los potreros!

¿Cómo, por qué, cuándo se inventó el juego de las tinajas? ¡A

saber! ¡Tal vez! . . .

Cuando se quebraba una tinaja —descuido de la henchidora—, cuando amanecía quebrada una tinaja — correría nocturna de gatos en la cocina— había que reponerla. Íbamos al mercado —día sábado: gentío, abundancia coloreada de toda clase de comestibles —a la venta de barro. En el suelo, alcancías de chanchitos, pilas de comales negros, de grano áspero con puntitos dorados, para asar las tortillas; tinajitas para poner debajo de la goteante y redonda piedra de los filtros; tinajas aguadoras de las que llevan en el cuadril o en la cabeza las mujeres; tinajones panzudos para la chicha dulce de la Navidad; todo, sonoro barro cocido, de los cerros de Escazú.

Y la compradora —la abuela, la tía— de tinaja en tinaja, tun, tun, sonándolas con los nudillos de los dedos para escoger, al fin, la de arcilla más vibrante.

— ¿Me vende una tinaja? —Escoja la que quiera.

En el atardecer, siempre en el atardecer: cielo azul, verde, rojo, amarillo, como una enorme tinaja sobre nuestras cabezas, llena con el agua de la última luz.

1 Mesa larga de madera que se usaba en las cocinas para poner la piedra de moler y otros objetos.

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