Milagro de Navidad. Autora: Grettel Otárola Fallas.

¡Qué hermoso se veía aquel arbolito frente a la humilde casita!

¡Cuántas veces los había protegido del fuerte viento y del ardiente sol!

¡Cuántas navidades lo habían adornado tan bonito que todos los niños del pueblo jugaban y cantaban alrededor de él!

En eso salió de la casita un niño que lloraba tristemente y comenzó a abrazarse al árbol con desesperación.

― ¿Qué pasa? ― Preguntó el arbolito. Pero por más que trataba, no podía comunicarse con el niño.

― ¿A qué se deben esas lágrimas? ― Insistía el árbol.

De pronto el niño empezó a decir como si se comunicara con el arbolito:

― Esta navidad va a ser muy triste, mi padre recién ha muerto y no tenemos nada para comer. Para colmo van a vender mi arbolito, van a cortarlo, lo enviarán lejos de aquí, adornará otra casa y nos quedaremos sin él.

¡Cómo lloraba aquel niñito junto a su árbol!

― ¿Qué puedo hacer? ― Se preguntaba el árbol. ― ¿Cómo puedo ayudar a quitar esta tristeza de este humilde niño?

Después que el niño entró de nuevo a su casita, el árbol que siempre fue fuerte y bello reunió todas sus fuerzas y comenzó a bajar sus ramas a tierra; comenzó a perder la fortaleza de sus raíces y a secarse lentamente.

Al día siguiente, un hombre llegó a recoger el árbol que según le habían dicho, era hermosísimo y fuerte y su enorme sorpresa fue encontrar un arbolito enfermo y a punto de caer.

― No puedo llevarme este árbol. ― Dijo el hombre a la madre del niño, mientras ella con desesperación le explicaba que no tenían qué comer y la única esperanza que les quedaba era vender aquel árbol.

― No, no sirve. ― Dijo el hombre.

La mujer insistía en que se lo llevara, que tal vez lo que le hacía falta era un poco de agua, pero el hombre se negaba a llevárselo.

El hombre visiblemente conmovido le repetía con tristeza que no le era posible llevarse aquel arbolito tan enfermo.

El niño y su madre corrieron hacia el árbol, se sentaron a llorar amargamente y sus lágrimas mojaban las raíces.

El hombre, viendo la aflicción de aquella familia, se conmovió mayormente y dándole a la mujer aún mucho más que el dinero convenido por la venta del árbol, le dijo:

― Tome, buena mujer, usted y su niño no pasarán hambre esta vez; tome y regálense la alegría de una linda navidad.

Y habiendo dicho esto, se fue y la mujer y el niño entraron de nuevo a la casita con gran alegría en sus rostros.

El arbolito, que había sido testigo de aquella buena obra, dijo para sí mismo:

― Quiero vivir, no quiero morir, debo ayudar a la felicidad de esta familia; pero no puedo hacer nada, ya estoy muriendo. Y las hojas se le caían más y más seguidas.

De pronto, las lágrimas que habían derramada la mujer y su hijo penetraron poco a poco en las raíces del arbolito, el cual comenzó a levantar lentamente sus ramas y a recobrar sus fuerzas.

Al día siguiente, al salir de la humilde casita, la mujer y el niño vieron con asombro cómo el arbolito no sólo había revivido; estaba más hermoso y fuerte que nunca y sus ramas se elevaban altas hasta el cielo.

Ya nadie lo iba a cortar, los niños del pueblo seguirían cantando y jugando a su alrededor y la navidad continuaría brillando en aquella casita. Y el niño dijo a su madre:

― Mami, esto en realidad ha sido un verdadero milagro de navidad.



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