Teresita la tortuga veloz. Autora: María Alicia Esain.

Hacía mucho que la tortuga Teresita vivía  debajo del Puente de los Carros. De la época en que corría el tren. Cuando la locomotora anaranjada hacía oír su silbato, la tortuga se preparaba para ver pasar los vagones lleno de gente y de mercadería. Era muy interesante contemplar esto, que se repetía cuatro veces por día, así como escuchar las conversaciones de los pasajeros cortadas por el viento u observar el gris y elegante uniforme de los guardas que controlaban que nadie viajase sin boleto. Una vez, un Pampero muy fuerte le había volado la gorra a uno de ellos y había caído ésta cerca de Teresita. Ella se la guardó y cuando nadie la veía se la probaba mientras se miraba en el espejo del agua ¡Soñaba con viajar hasta el pueblo y poder lucirla!

Además, el pasto tierno que crecía cerca del arroyo le encantaba. Era sabroso y casi no le hacía falta nada más a la tortuga para ser feliz. Cuando lograse subirse al tren, que venía  ya despacito a la altura del puente, podría llegar al pueblo, lucir su gorra, ir al circo, subirse  a los juegos de los parques, escuchar a la Banda de Música  tocando en la plaza y…¡Comerse ella solita unas de esas espumas azucaradas color frutilla que se vendían en los días de fiesta! También tenía pensado comprarse un globo plateado y si hacía falta, pasar la noche escondida en la rotonda bajo las hojas de las magnolias que a veces caían allí.

Pero un día sus sueños se deshicieron como un helado bajo el sol de enero. El tren dejó de correr y se arrancaron las vías. Para Teresita había concluido un tiempo agradable y entretenido. No se veían carros y de ahí en adelante, tampoco trenes. Guardó la gorra y la tristeza se le fue pegando al caparazón…Intentó varias veces ir al pueblo por su cuenta, pero cuando lo hizo, tardó tanto que llegó siempre tarde. Si venía un circo, lograba alcanzar la boletería cuando estaban desarmando la carpa. Si un parque anunciaba por avión su presencia, ella arrancaba con entusiasmo y arribaba al terreno donde se ubicaban cuando sólo quedaban  huellas del lugar ocupado por la calesita o los autos de colores. Si había fiesta en la plaza, llegaba a ella junto con el barrendero que debía limpiarla después de un día completo de música y baile.

Unos años más tarde, cuando la tortuga ya se había resignado a su soledad, apareció un potrillo muy hermoso. Como Teresita no lo conocía, casi murió pateada por él. Menos mal que el potrillo la vio y frenó su carrera a tiempo. A él le gustaban mucho los demás bichos, entonces bajó su cabeza a preguntarle si estaba bien. Teresita se puso muy contenta de poder comunicarse con alguien y al rato eran grandes amigos. Fue así que le comentó que se había quedado sin poder lograr lo que soñaba. El caballito la escuchó con mucha  atención y entonces le propuso:

-¿Por qué no te subís a mi lomo y nos vamos hasta el Monte de las Brujas?

-¿Al Monte de las Brujas? ¿Para qué?-contestó Teresita muy asustada y muy desorientada.

-Para visitar a la lechuza curandera. Ella es muy inteligente y podría ayudarte- contestó el potrillo- ¡Dale, vení!

La tortuga no se hizo rogar. Tenía muchas ilusiones y al escuchar  con asombro las hazañas de la curandera, su corazón se llenó de esperanzas. Es que la lechuza del Monte de las Brujas había curado a un gato cuyos bigotes se habían enrulado de un susto, después de ver la luz mala. Asimismo, había logrado que un zorzal de la laguna recuperase su canto, robado por un tordo. Teresita ansiaba que ella también tuviese una solución para aquello que la afligía: su lentitud.

En menos de dos galopes cortos, llegaron al consultorio de la lechuza. Ésta los recibió muy amablemente El potrillo, por su parte, se encontró una yegüita alazana muy buen moza y se fue a piropearla, loco de amor a primera vista. La curandera escuchó a Teresita, revoleó los ojos para todos lados y dijo muy seria.

-¡Ah, m’hija! Esto es muy difícil para mí. Diría que imposible. Puedo arreglar cosas que se descomponen, pero nunca fallas de fábrica. Vas a tener que buscar a alguien más para esto.

A la pobre tortuga se le cayó la ilusión hecha pedazos. Ella se veía paseando y luciendo su gorra de guarda de tren en todos los acontecimientos del pueblo. Aguantando las ganas de llorar se fue caminando despacito por la calle de tierra, esquivando como pudo los huellones de los tractores que la última lluvia había dejado ¿Y el potrillo negro amigo suyo? ¡Ni noticias! Después del último relincho de amor se había ido por el campo con la yegüita alazana que le robara el corazón en un minuto.

Triste, sola y lenta iba Teresita de regreso a su hogar  del Puente de los Carros. Tenía el corazón como un trapito arrugado…hasta que observó a un costado del camino, dos carteles que le llamaron mucho la atención. Uno de ellos decía:

CHIQUERO

“EL CHANCHO FELIZ”

A un costado, había uno más chico que decía con letras rojas:

SEBASTIÁN MARTILLETTI

-CHANCHITO ARREGLATODO-SEGUNDO CHARCO  A LA DERECHA

La tortuga no lo pensó dos veces. Le consultaría a Martilletti. Si vivía en un sitio  con ese nombre y tenía esa publicidad, lo que la afligía podría resolverse. Siguió las instrucciones y se encontró con un lugar limpio, prolijo y ordenado donde había tablones y maderitas, clavos de techo bien largos como modelos de revista, tornillos cortos y panzones, ruedas de silla de bebés y de camiones, un mundo de herramientas muy bien colgadas en su lugar y un chanchito con cara de trabajador y simpático.

En cuanto vio a la tortuga, su cansancio y su cara de desconsuelo, adivinó qué le estaba pasando y más rápido que un ratón apurado por el gato, tomó una cinta  y le midió las patitas a la tortuga, diciéndole:

– Mire, señora, súbase a la balanza y después, ya que está, cébeme unos mates.

Al mismo tiempo,  fue eligiendo materiales y herramientas. Antes de que hirviera el agua Teresita empezó a cebar  y cuando la pava ya estaba casi vacía, ante sus ojos el Chanchito carpintero le presentó la más hermosa y rápida patineta .La pintó de rosa con rayas azules, a gusto de la tortuga y le agregó un mástil con una vela de tela verde.

-Así podrá cortar camino y llegar al pueblo cruzando la laguna cuando quiera llegar más temprano- explicó el gran Martilletti.

-¿Cómo puedo pagarle tan buen trabajo?- preguntó Teresita, con la gorra puesta y enfilando para el centro.

-Viniendo a cebarme unos amargos cuando pase por aquí- le respondió el chanchito mientras ordenaba todo y afinaba su guitarra para tocar algo antes de ir a descansar.

-¡Será un placer!-contestó la tortuga diciéndole chau con la mano. Y se fue para la plaza.

Mientras su amigo templaba la vihuela y entonaba una milonga campera, ella siguió su camino, feliz por la ayuda conseguida… ¡La fiesta la estaba esperando y por fin podría llegar a tiempo para disfrutarla!

Había baile y Teresita, arriba de la patineta, pudo bailarse tres rancheras y un vals vienés. Regresó al amanecer a su casa del puente viejo. Al mismo tiempo lo hacía su amigo el potrillo negro. Llegaba loco de contento y con una margarita del campo atrás de la oreja izquierda como recuerdo de su novia, la yegüita alazana.

Cuando se encontró con Teresita se comentaron las novedades, sintiéndose tan , tan felices que se les dio por cantar aquello de:

Caballo Verde

Yo tengo un caballo verde, que hace piruetas.

Se sabe lavar los dientes, va en bicicleta.

Tiene un callo en la barriga, de estar echado.

Y cuando se mete al agua, sale colorado.

Yo le enseñé a hablar

Y sabe relinchar

Y juega al tatetí

y sabe hacer pichí

Y es tan inteligente que se pone lentes

Pa’ poder mirar…

Y es tan inteligente que se pone lentes

Pa’ poder mirar…

Ya estaba alto el sol cuando se fueron a dormir cada uno a su lugar para que este cuento llegara al final.


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