Tres cuentos repetitivos.

Aquí tenemos tres cuentos repetitivos, muy adecuados para niños pequeños quienes estén iniciando la primaria. La tortilla corredora y El nabo son recogidos de la tradición oral y La Gallina colorada es del autor estadounidense Byron Barton. Disfrutalos.


LA TORTILLA CORREDORA

Había una vez una familia formada por el papá, la mamá y siete niños,todos de muy buen apetito. Un día la mamá preparó una rica tortilla con harina, huevos, mantequilla, leche y azúcar. Cuando tuvo la masa lista, la puso en el horno.

Al sentir en el aire un rico olor, los niños dijeron:

– Mamita querida, ¿nos das un pedacito de tortilla?

– Todavía no dijo la mamá-, tenemos que esperar que esté crujiente y dorada.

Cuando la tortilla vio aquellas bocas abiertas y aquellos ojos que la miraban con tanta hambre, se asustó muchísimo.

¡No quería que se la comieran!

Cuando la mamá abrió la puerta del horno, la tortilla dio un gran salto, rodó hasta la puerta y salió corriendo a la calle lo más rápido que pudo.

– ¿Adónde vas? gritó la mamá. Y tomando una cuchara de palo, salió persiguiendo a la tortilla. Su marido y sus hijos corrieron tras ella, gritando a la gente que pasaba por la calle:

– ¡Paren a esa tortilla! ¡Paren a esa tortilla!

Pero la tortilla corría tan rápido que muy pronto quedaron atrás. Volvieron a su casa muy tristes y esa noche sólo comieron pan duro.

A poco rodar, la tortilla se encontró con un anciano, que le dijo:

– ¿Adónde vas tan rápido? Para y deja que te coma un pedacito. ¡Tengo mucha hambre!

– ¡Oh, no! dijo la tortilla-. Acabo de escaparme de una mamá, un papá y siete hijos, todos con hambre. ¿Y quieres que me deje comer por ti?

Y siguió rodando. Poco después le salió al encuentro un hermoso gallo.

– ¿Adónde vas tan rápido? dijo el gallo-. Para un poco y deja que te coma un pedacito. ¡Tengo mucha hambre!

– ¡Oh, no! dijo la tortilla-. Acabo de escaparme de una mamá, un papá, siete hijos y un anciano, todos con mucha hambre.

-¿Y quieres que me deje comer por ti?

Y echó a correr a toda velocidad. Rueda que te rueda, tropezó con una gorda gallina que estaba al lado del camino.

– ¿Por qué corres así? dijo la gallina-. Para un poco y deja que te coma un pedacito. ¡Tengo mucha hambre!

– ¡Oh, no! dijo la tortilla-. Acabo de escaparme de una mamá, un papá, siete hijos, un anciano y un gallo, todos hambrientos.

¿Y quieres que me deje comer por ti?

Y siguió corriendo lo más rápido que podía, cada vez más enojada porque hubiera tanta gente que quisiera comerla.

Rodando, rodando, llegó a una laguna y se encontró con un pato.

– ¿Adónde vas, tortilla? dijo éste-. Para un poco y deja que te coma un pedacito. ¡Tengo mucha hambre!

– ¡Oh, no! dijo la tortilla-. Me he escapado de una mamá, un papá, siete niños, un viejo, un gallo y una gallina ¿Y quieres que me deje comer por ti?

La tortilla estaba empezando a cansarse Pero siguió rodando lo más rápido que pudo. Un poco más allá, le salió al paso un inmenso ganso.

– ¿Por qué corres tan rápido? le dijo el ganso-. Para un momento y deja que te coma un pedacito. ¡Tengo mucha hambre!

– ¡Oh, no! dijo la tortilla-. He corrido mucho. Me he escapado de una mamá, un papá, siete niños, un viejo, un gallo, una gallina y un pato. ¿Y quieres que me deje comer por ti?

El ganso se abalanzó sobre ella pero no logró atraparla. La tortilla corría y corría y estuvo a punto de tropezar con un gordo cerdo que dormía al sol.

Buenos días, tortilla- dijo el cerdo, abriendo un solo ojo.

– Buenos días, cerdo- respondió la tortilla sin detenerse.

– ¿Por qué tan apurada?

– Para que no me comas.

– ¿Yo? No te preocupes. No me gustan las tortillas. Te convido a dar una vueltecita por ahí.

Como la tortilla estaba muy cansada, le pareció una buena idea dar un paseíto con el cerdo. Caminaron y caminaron hasta que llegaron a un río.

– Ahora la cruzaremos y seguiremos andando al otro lado dijo el chancho.

– Yo no podré dijo la tortilla-. Si me mojo y me empapo, me voy al fondo.

– Tienes razón. Entonces súbete a mi lomo. Yo te pasaré a la otra orilla dijo el cerdo amablemente.

– ¡Gracias! ¡Qué amable eres!

Y diciendo esto, saltó la tortilla al lomo del cerdo. Este torció entonces el cuello, abrió la boca y, de un bocado, se la comió.

Y aquí termina el cuento, porque si ya no hay tortilla, ¿cómo va a seguir?


EL NABO. CUENTO POPULAR RUSO

El abuelo plantó un nabo, que creció y creció hasta volverse muy grande.
El abuelo quiso sacarlo de la tierra, para que la abuela lo cocinara ese día en la sopa. Para eso él tiró y tiró. Pero no pudo sacarlo.
Entonces el abuelo llamó a la abuela.
La abuela se agarró del abuelo, y el abuelo se agarró del nabo y ambos tiraron y tiraron y tampoco pudieron sacarlo.
Entonces la abuela llamó a la nieta.
La nieta se agarró de la abuela, la abuela del abuelo y el abuelo del nabo, pero tampoco pudieron sacarlo a pesar del mucho tirar.
Llamó la nieta a Yuchka, la perra. Yuchka abrió la boca y con mucho cuidado de no morder a la nieta, se agarró de ella.
De esta manera la perra se agarró de la nieta y la nieta de la abuela, la abuela del abuelo y el abuelo del nabo: pero tiraron y tiraron y no pudieron sacarlo.
Así que Yuchka llamó a la gata. El nombre de la gata era Mashka. Era una gata de pelo azul y muy presumida. Le gustaba jugar con los ovillos de la lana. Pero Mashka dejó la lana y fue a agarrarse de la perra Yuchka.
Y este fue el orden en que tiraron: la gata de la perra, la perra de la nieta, la nieta de la abuela, la abuela del abuelo y el abuelo del nabo.
Tiraron y tiraron, pero no pudieron sacarlo.
Entonces Mashka llamó al ratón. Esta idea mucho no le gustaba a ella, porque era muy vanidosa y no le gustaba pedir favores. Pero lo hizo porque todos en esa casa querían arrancar al nabo de la tierra y comérselo en la sopa.
El ratón fue. Al principio tenía un poco de temor, pero luego se le pasó y corrió a ayudar.
El ratón se agarró de la gata, la gata de la perra, la perra de la nieta, la nieta de la abuela, la abuela del abuelo y el abuelo del nabo.
Tiraron y tiraron y al final lo sacaron.
¡Por fin!
Y se comieron al nabo en la sopa.


LA GALLINA COLORADA

Había una vez una gallina roja llamada Marcelina, que vivía en una granja rodeada de muchos animales.
Era una granja muy grande, en medio del campo. En el establo vivían las vacas y los caballos; los cerdos tenían su propia cochiquera. Había hasta un estanque con patos y un corral con muchas gallinas. Había en la granja también una familia de granjeros que cuidaba de todos los animales.
Un día la gallinita roja, escarbando en la tierra de la granja, encontró un grano de trigo. Pensó que si lo sembraba crecería y después podría hacer pan para ella y todos sus amigos.
-¿Quién me ayudará a sembrar el trigo? – les preguntó.
– Yo no dijo el pato.
– Yo no dijo el gato.
– Yo no dijo el perro.
– Muy bien, pues lo sembraré yo dijo la gallinita.
Y así, Marcelina sembró sola su grano de trigo con mucho cuidado. Abrió un agujerito en la tierra y lo tapó.
– Pasó algún tiempo y al cabo el trigo creció y maduró, convirtiéndose en una bonita planta.
-¿Quién me ayudará a segar el trigo? – preguntó la gallinita roja.
– Yo no dijo el pato.
– Yo no dijo el gato.
– Yo no dijo el perro.
– Muy bien, si no me queréis ayudar, lo segaré yo exclamó Marcelina. Y la gallina, con mucho esfuerzo, segó ella sola el trigo. Tuvo que cortar con su piquito uno a uno todos los tallos. Cuando acabó, habló muy cansada a sus compañeros:
-¿Quién me ayudará a trillar el trigo?
– Yo no dijo el pato.
– Yo no dijo el gato.
– Yo no dijo el perro.
– Muy bien, lo trillaré yo.
Estaba muy enfadada con los otros animales, así que se puso ella sola a trillarlo. Lo trituró con paciencia hasta que consiguió separar el grano de la paja. Cuando acabó, volvió a preguntar:
-¿Quién me ayudará a llevar el trigo al molino para convertirlo en harina?
– Yo no dijo el pato.
– Yo no dijo el gato.
– Yo no dijo el perro.
– Muy bien, lo llevaré y lo amasaré yo contestó Marcelina. Y con la harina hizo una hermosa y jugosa barra de pan. Cuando la tuvo terminada, muy

tranquilamente preguntó:
– Y ahora, ¿quién comerá la barra de pan? – volvió a preguntar la gallinita roja.
-¡Yo, yo! dijo el pato.
-¡Yo, yo! dijo el gato.
-¡Yo, yo! dijo el perro.
-¡Pues no os la comeréis ninguno de vosotros! contestó Marcelina-. Me la comeré yo, con todos mis hijos. Y así lo hizo. Llamó a sus pollitos y la compartió con ellos.


11 thoughts on “Tres cuentos repetitivos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.